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lunes, 5 de febrero de 2018

Carlos Carrascosa: "Dios me debe una"

Por Magda Tagtachian

Son las 11 y el departamento de Carlos Carrascosa vive en penumbras. Afuera no se sabe si es de día o de noche. Si llueve o hay sol. Jamás levanta las persianas. “Me acostumbré a la cárcel”, justifica el viudo de María Marta García Belsunce.

La Justicia lo absolvió por el asesinato de su mujer. Aquí no se debatirá su situación judicial, sino que haremos una “foto narrativa” sobre la persona que aún concentra el juicio y la mirada colectiva sobre su responsabilidad en el caso: culpable o inocente.

Pasaron 15 años desde que Carrascosa quedó detenido por primera vez. Pero todavía, en la calle y en cada mesa de café, se ensayan teorías sobre quién la mató. El pituto. Las canillas puntiagudas del baño. El cráneo agujereado de María Marta. ¿El pegamento La gotita para cerrarlo? El certificado de defunción. Demasiadas intrigas y detalles de película.

Mientras tanto, el ex vecino del country Carmel lleva más de un año libre. Pasó ocho años preso. En la cárcel, Carrascosa cambió su forma de pensar y algunos hábitos. Tomó la costumbre de tender la cama. Y en Luján, donde alquila un departamento de 40 metros cuadrados, sigue con esa modalidad. El único día que “se salva” es los viernes cuando llega la mucama.

A los 73 años, es la primera vez que vive solo. Un amigo ocupa la casona de 240 metros cuadrados de Carmel, con 4 mil metros de terreno. Carrascosa se la deja a cambio de que le cubra los gastos. Excepto que alguna pericia lo requiera, no volvió a pisar el primer piso de la mansión. El cuarto del matrimonio y el baño, donde quedaron los rastros ensangrentados de María Marta escapando de su asesino, dice que todavía lo perturban.

Fuma un cigarrillo tras otro. Entre uno y dos atados. Llegó a consumir cuatro tras las rejas. En su mesa de luz, junto a la cama individual, una foto de María Marta. Junto al portarretrato, un perfume nacional Kevin Black, un atado de Parisienne, papeles, tierra y un cenicero sin cenizas porque están en el piso. Un ventilador. En la heladera, tres mandarinas y un queso untable. “Ni café tengo”, avisa. Hace un rato, en el bar de la esquina, pidió a la camarera que le cargara a su cuenta los cafés para Viva. “¿Me das crédito, mi amor?”, galanteó el viudo.

Es el bar donde desayuna siempre café en jarrito y dos medialunas. La moza lo conoce y los vecinos también. Carrascosa se mudó a Luján “para andar más tranquilo”, explica. “Pilar es un pueblo. Sabés todo de cualquiera que te cruzás. Acá es distinto”, aclara. Le pesaba y le pesa el estigma del asesino. Pero asegura: “En la cárcel se terminó lo peor: la incertidumbre de lo que pasará mañana. Mientras estaba acusado y libre, no podía organizar un trabajo, un viaje o lo que fuera, porque no sabía si al día siguiente marchaba preso. Estuve cinco años acusado y libre. Caminar por la calle con una condena social de homicidio consume una energía enorme. No podía completar tres trámites en el día. No tenía fuerzas para bancarme la mirada del otro. Y eso que nunca tuve un insulto”.

Pasó cinco años y medio detenido en el Penal 41 de Campana, y cuando salió vivió con tobillera electrónica y prisión domiciliaria dos años y medio más.

Con la absolución, ¿cambió hacia usted la mirada social?

Mucho. Pero voy de a poco. Todavía no me animo a subir a un subte, a tomar un colectivo o a ir a la cancha.

¿Cómo fue volver a estar libre?

Dificilísimo. Salir de la cárcel fue tan duro como entrar. No sabés cómo va a reaccionar la gente. El día que me dieron la absolución, no festejé. Les dije a mis abogados todo lo que tenían que hacer. Recién salí al día siguiente. Fui a una peña donde había 80 personas. Me insistió mi amiga Jorgelina. Ella era productora del programa de TV de mi cuñado, Horacio. Ella me sugirió que debía romper el hielo. Subí al escenario y dije: “Ahora que el Servicio Penitenciario no me paga más el sueldo, me tengo que ganar la vida. Voy a promocionar a una artista”. E invité a Jorgelina a cantar.

¿Cambió su cabeza en el encierro?

Entré a la cárcel como un burgués y salí como progresista. Incluso cambié de amigos. Mis amigos burgueses no entienden lo que pude haber cambiado. Ahora escupo lo que pienso. Antes me lo tragaba o lo decía diplomáticamente.

¿La pasó mal adentro?

Me salvó el sentido del humor. Una amiga psicóloga, que venía a verme, me decía que no pensara en salir. “Pasá bien el día a día”, me aconsejaba. Pero había madrugadas en que me despertaba. Escribía y puteaba contra todos. Con cada año que pasé preso, me cambió la mente. Siempre pensé que iba a salir porque soy inocente. Pero me bajoneé cuando se cumplieron tres años adentro y no me dieron la libertad pese a que me correspondía por no tener condena firme. Me puse a escribir un blog (casobelsunce.blogspot.com.ar).

Los primeros seis meses, Carrascosa estuvo en un pabellón común, con seis personas en una celda de 2 x 6 metros. “Dormíamos en cuchetas. Me tocó la cama de abajo, porque era el mayor de todos. Había una mesita para comer y enfrente de la mesita, una letrina con lavatorio. Hacíamos nuestras necesidades ahí. Nunca me preocupé mucho porque nunca fui muy limpio. Las duchas estaban afuera. Podías ir cuando estaba abierta la celda, de 7 a 20.”

El viudo alcanzó conducta 10 y lo pasaron a una celda con dos personas, de 3 x 3 metros: “De la cárcel me quedaron dos íntimos amigos. Uno adentro y otro afuera. Al de adentro, lo sigo yendo a visitar aunque él no quiera. Ninguno de los dos mató ni violó. Ellos me decían: ‘Carlos, éste no es tu lugar’. En la cárcel, yo era más conocido que el director. Me querían mucho. Los guardias no podían entender que estuviera acusado de matar a mi mujer y me vinieran a visitar el padre, la madre, los hermanos, los tíos, sobrinos y los amigos”.

Si usted no fue el asesino, como dijo la Justicia, ¿cómo hizo para bancarse ocho años preso?

Nadie sabe hasta dónde da el cuerpo humano hasta que no lo ponés a prueba. Y Dios te da los hombros para soportar la carga. Además, yo fui marino mercante. Eso me ayudó. Estaba siempre encerrado, debajo del agua, rodeado de fierros con ruido a fierros.

Cuando terminó la Escuela Argentina Modelo, Carrascosa ingresó a la Marina. Tenía 19 años. “Fui de joda. Nunca ascendí. Era tercer oficial. Lo hice para rajarme de la casa de mis padres. Siempre fui el niño mimado. Y cuando me casé con María, ella me advirtió: ‘No me caso con una foto’. Y dejé”. Ironías de la vida. Ahora es él quien vive con la foto de María Marta. “Le rezo cada noche. ‘Negrita, ya nos vamos ver,’ le digo.”

¿Usted reza?

No convencionalmente. Le digo a Dios: “Flaco, hijo de mil putas, por qué me estás haciendo esto. ¿Por qué no me ayudas un cachito, flaco? Dame vuelo”. Fui a misa hace poco. Comulgué y luego me confesé.

Pero es al revés, primero se confiesa y después comulga.

No creo en la confesión. Me acerqué porque necesitaba hablar con un representante de Dios. Hice la cola en el confesionario. Y el sacerdote me preguntó si tenía algún pecado. “No siento que tenga ningún pecado. Lo pasé mal y ahora estoy en un buen momento. Quiero que, a través suyo, Dios se entere de que me debe una”, le dije. Tengo cosas para perdonar, pero no para confesar.

¿Qué tiene para perdonar y a quién?

¿Te parece poco? A todos los que me condenaron. Al que la mató. A los que hicieron mal las cosas. Nelson Mandela perdonó a todo el mundo y sacó adelante un país. Leí mucho sobre Mandela en la cárcel. Trato de creer en el perdón, pero no soy Mandela.

En el penal buscaba mantenerse ocupado. “En la cárcel era periodista. Tenía un espacio de radio de 7 a 9. En vez de (Marcelo) Longobardi… Carrascosa. El programa se escuchaba en todo Campana. Lo conductores éramos un acusado de triple homicidio (ahora con libertad condicional), un cura acusado de pedofilia (salió) y yo. Además, los sábados hacía otro programa. Hoy tengo un ofrecimiento para laburar en radio”, se ilusiona. También se acercó a la Municipalidad de Luján para ofrecerse en tareas ad honorem y, mientras espera respuesta, colabora en la inmobiliaria de una amiga “para mantener en actividad la cabeza”, asegura.

¿Perdió mucha plata en abogados?

Me dieron vuelta. Lo que tenía líquido se fue en ellos. No soy ambicioso. Vivo del alquiler de un galpón. Sin ahorros.

Siempre vivió en casas acomodadas y con gente de alta sociedad. ¿Extraña su vida anterior?

¿Qué gano con extrañar? Disfruto más una comida en casa con cuatro amigos que una fiesta. Ni María ni yo éramos de ir a fiestas. No aceptar este cambio de vida sería crearme un problema.

Si pudiera volver el tiempo atrás, al momento del hecho...

(Interrumpe) Ya sé a dónde va tu pregunta. Hubiera deseado estar lo suficientemente lúcido para haber pedido la autopsia en ese momento. Pero yo era un zombie. Vino mi cuñado y me dijo: “Acá hay algo raro, hay que llamar a un forense”. Le dije que lo hiciera. Eso fue en el velorio. Y otro cuñado llamó a un fiscal de la Nación (Juan Martín Romero Victorica), que era amigo suyo; y ese fiscal de la Nación llamó al fiscal de turno (Diego Molina Pico); y ese fiscal de turno estuvo, miró y se fue. Y después, la culpa la tenemos nosotros. Lo llamamos nosotros. Hay mucha gente que no sabe eso.

Lo que hace desconfiar de su caso es que hicieron todo mal.

Delegué todo. No estaba lúcido.

Nadie estuvo “lúcido”.

Fue muy fuerte la muerte de María. Había tres abogados, un médico… Luego vinieron tres médicos más. Me habría gustado que alguno se me hubiera acercado y me hubiera dicho: “Che, hay que pedir la autopsia”. Ni el fiscal. Desde ya que lo hubiera hecho.

El hijo menor de Antonio Carrascosa y María Teresa Gaetani Ferrazzini vivió de chico en Barrio Norte. “Papá tenía 48 años cuando me tuvo. Nunca me dio mucha pelota porque estaba en el auge de su carrera. Siempre salía por urgencias y congresos. Era otorrinolaringólogo. Mamá era una diosa. Ama de casa. Había cursado hasta sexto grado y estudiado piano y francés, lo que se usaba en esa época.”

Carrascosa conoció a María Marta en casa de los Ongay, que eran varios hermanos. “Todos fuimos compañeros de colegio. María Marta tenía 9 y yo, 16. Después de clase, nos juntábamos en lo de Ongay a estudiar. María los visitaba porque era amiga y compañera de Inés, la menor. Nosotros mandábamos a María a comprar dulce de leche para las tortas. La teníamos cagando porque era la más chiquita”, cuenta.

Jura que, para esa época, él ni se había fijado en María Marta ni le gustaba. Pero se reencontraron diez años después, cuando se bajó del barco de la Marina, en unas vacaciones. “Un amigo me hizo la gamba y nos invitó a todos a cenar a su casa. Eso fue un 15 de abril. El 2 de mayo nos pusimos de novios.” Se casaron en un par de años, en el invierno de 1971, y en 1992 se mudaron al country Carmel de Pilar.

“Hicimos esa casa desde cero. Compré el lote a 3 dólares el metro. Yo puse la plata y María correteaba al pobre arquitecto. Una vez por semana, ella pasaba y hacía la lista de lo pendiente. Lo cagaba a pedos. Yo me iba porque me daba vergüenza, porque él era amigo mío. María tenía mucho carácter. Taurina, del 24 de abril. Decíamos que en Carmel habíamos encontrado nuestro rinconcito en la vida. Y mirá cómo terminó.”

En su casa en Luján no hay televisor y para la computadora usa el wifi de un vecino. En el living, sobre una mesa alta, brilla la copa que ganó Fácil, su primer caballo. Además, tres cuadros que trajo de Carmel: un impresionista desconocido; una foto enmarcada de Fácil; y una escena de bridge donde sólo se ven tres jugadores. “La cuarta silla está vacía. El jugador hace de muerto. Bajó las cartas y se fue. No puede hacer nada. Está muerto”, explica.

¿Qué es la muerte para usted?

No soy muy expresivo ante una muerte o una desgracia. Viví muchas muertes y eso te va creando una coraza. Soy el Carrascosa más viejo. Papá, mamá, mis hermanos... nadie llegó a los 70. Todos cardíacos. Murieron de un día para el otro. Capaz que me muero en diez minutos. La somatización o la expresividad de un dolor, a mí me agarra por el intestino. No temo morirme. No me queda nada. Sólo mis sobrinos y la familia de María. Ni siquiera tengo arreglado dónde voy a ir a parar. Ni parcela ni nada. Pobre mi amiga Jorgelina. Dice que le voy a dejar el fardo a ella.

¿No le importa cuidarse?

Ya no. No es que estoy jugado, pero al no tener hijos, no tener mujer, ni hermanos, no tener padres (hace un silencio largo), la vida solo es pesada. Tengo una familia excepcional que son mis sobrinos, que viven en el interior. Y los hermanos de mi mujer que significan una gran compañía. Me sigo viendo con todos: con Irene (Hurtig, hermanastra de María Marta), John (Hurtig, hermanastro), Horacio y María Laura (los hermanos de María Marta). La mamá de María Marta murió y Guillermo Bártoli, esposo de Irene, también.

¿Por qué no tuvieron hijos con María Marta?

No pudimos por mí. A mí no me pesaba tanto pero a María sí. Cuando yo tenía 3 años, tuve una falla en la glándula timo, que es la responsable de activar el sistema inmunológico. Me dieron rayos para tratarla. Y me esterilizaron. No lo supe hasta que nos hicimos los análisis para que María quedara embarazada. Ahí mi madre se acordó y me dijo: “¿No será que aquella vez…?” Le conté al médico. “Y claro, es eso”, me dijo.

Entre las nuevas rutinas de su nueva vida, está la cita semanal con su psicóloga. “Jamás había hecho terapia. Empecé a mitad del año pasado. Tengo necesidad de hablar. Terapia es mi hora libre. Ahí digo cualquier barbaridad. Ella trabaja bajo secreto profesional. Entonces podés hablar tranquilamente de todo. Después de la sesión quedo planchadito. Necesito dormir una siesta. Me gusta ir porque descargo todo. Además mi psicóloga es muy mona.”

¿Es importante que sea "mona"?

Sí, porque soy admirador de la belleza.

¿Pensó en rehacer su vida amorosa?

No. María es irremplazable.

¿Tiene alguna explicación acerca de lo que vivió con su caso, los juicios sobre su persona?

Destino. Ahora mi objetivo es saber quién fue. Sospechas hay, pero deben probarlo.

¿Cree en la Justicia?

Ehhh... en la Justicia divina sí. ¿Creerías si te hubiera pasado lo mismo que a mí? Ahora vamos a ver qué pasa con los nuevos fiscales.

Mientras tanto, Carrascosa sueña con ver publicado, algún día, su libro, su propia historia. Ya lo terminó. “Tiene 600 páginas. Empecé a escribirlo en el penal. Al principio me funcionaba como catarsis y después no podía parar. Ahora lo tiene una correctora”, confía. Pero también confiesa que le gustaría subirse a un crucero para navegar a la Antártida. “El mar, como la cárcel, te hermana. Ahí están todos en la misma situación. No hay diferencias a pesar de los rangos” desliza.

A María Marta la visita, como mínimo, dos veces al año. Para el cumpleaños de ella y en el aniversario de su muerte. Le lleva claveles rojos. “No me gustan las espinas”, categoriza el viudo.

Cuando reapareció en la puerta de la Recoleta, luego de ocho años preso, el florista lo reconoció y le regaló el ramo. Hace poco, ese puestero murió y lo reemplaza su hijo. Ahora, acompañado por Viva, Carrascosa le pide unos claveles rojos. La docena sale $120. Se los deja a $100. Carrascosa pide uno más.

Entra en silencio al Cementerio. Da unas vueltas. Esquiva a un grupo de turistas. En la visita guiada todavía incluyen la “parada” en la bóveda de los García Belsunce. Uno de los sepultureros reconoce al viudo. Lo guía hasta la tumba. Carrascosa desarma el ramo. Una por una, encaja cada flor en los hierros ornamentados. Los pétalos de terciopelo pintan lágrimas rojas. Carrascosa apoya la frente sobre la puerta. Queda inmóvil unos segundos. Se persigna con la señal de la cruz. Se incorpora. Continúa la caminata. En la mano derecha lleva el clavel número 13. Dobla en el siguiente pasillo. Se detiene frente a otra bóveda. Deja la última flor. Le tira un beso a María Teresa Gaetani Ferrazzini, su mamá.



En primera persona: "Nos metieron presos y perdimos todo, la falta de justicia destrozó nuestras vidas"


Por Horacio García Belsunce:

Estaba enojado con el mundo. No podía ser que esto me hubiera pasado a mí. Me juzgaban, me condenaban, me metían preso por encubrir ¡el asesinato de mi hermana!
No lo podía creer. ¿Cuándo y cómo había empezado esta pesadilla? ¿Por qué la justicia se había ensañado con nosotros sin una sola prueba? Empecé a perder auspiciantes en mi programa de cable "De frente". Lo aguanté mientras pude, pero el final fue irremediable. Tuve que dejar mi programa después de 20 años ininterrumpidos (1989-2009) porque ya que no podía pagar el costo del espacio. Si tenía algo de que sentirme orgulloso era de la credibilidad que tenía, en función de la forma y el estilo de encarar la comunicación. Hubo amigos de importantes empresas que me ofrecieron darme la plata del auspicio, pero sin que mostrara la publicidad de sus compañías. Era inaceptable.

La estructura de toda mi vida y la vida de mi familia parecía haber comenzado una agonía al ritmo que marcaba una "investigación" judicial que no buscaba al verdadero criminal sino culpar a la familia de algo que no había hecho. ¿Cómo escapar de este tsunami? ¿Había espacio para reconstruir nuestras vidas?

En medio de todo el desastre conocí a Santiago Sosa Palacio, coach ontológico (una disciplina que permite desarrollar un bienestar personal en las relaciones con los demás) con quien tuve largas charlas, sanadoras y brillantes, que me llevaron a seguir la carrera de coach. ¿Podría volver a estudiar a los 55 años? Corría el año 2004, tomé la decisión, y claro que pude.

En agosto del 2006 me gradué de coach ontológico en el ICP (Instituto de Capacitación Profesional). Fueron las herramientas que me dio la carrera –fundamentalmente la ACEPTACIÓN en paz y armonía– las que me ayudaron a poder sobrellevar los días de cárcel en 2011. Hay que estar preso y verse con las esposas puestas, sabiéndose absolutamente inocente… ¿Cómo soportar tanta injusticia? Es algo muy difícil de explicar. No hay forma de que alguien pueda comprender la desesperación y el dolor de estar sumergido en semejante pesadilla, salvo una persona que lo haya vivido.

Había que poner en práctica la resiliencia, esa capacidad que todos tenemos dentro, de crecer desde la adversidad.

Busqué trabajo, de lo que fuera. Recurrí a amigos que les costaba creer que estuviera dispuesto a laburar de cualquier cosa. Me decían "¿pero vos vas a hacer eso?". Sí, hermano, yo, de lo que sea. Igual, nada aparecía.

Angustiado, solo tenía la certeza de que algo tenía que hacer, quizás algo que dependiera únicamente de mí. Pensé: "Remisero". Y ahí se portaron increíblemente mis amigos y conocidos, ayudándome a tener buenos viajes que me sacaron de apuros.

Mi auto es del año 1996 –el mismo que tengo hoy– y tenía varios choques y raspones. Como no tenía plata para arreglarlo, de pronto empezó a lucir impresentable para remise. Entonces llegó el momento de empezar con los delivery. Unos amigos me ofrecieron vender pizzas y empanadas que ellos hacían, dejándome una comisión sobre el precio. Me hice un grupo de clientes y me ayudó a sobrevivir. Lo sigo haciendo hoy.

Para poder llevar algo más de dinero a casa, seguí buscando trabajo durante mucho tiempo. En 2016, cuando asumió Nicolás Ducoté –a quien conozco desde hace años– en la intendencia en la Municipalidad de Pilar, fui a pedir trabajo. Pasó un año hasta que en enero del 2017 me llamó y me ofreció incorporarme a la Auditoría General de la Municipalidad con el sueldo mínimo, que para mí era una fortuna. Al mes, el periodismo local –partidario de la oposición– se enteró de mi labor y empezó una campaña feroz contra Ducoté, hasta amenazarlo con empapelar Pilar con su foto y la mía: "Ducoté contrata delincuentes". No podía exponer a Nicolás a semejante costo político cuando él me había hecho el favor de conseguirme trabajo. Decidimos, de común acuerdo, terminar el contrato y me dieron de baja.

Hoy mis días transcurren entre mi programa de cable –que hago gracias a Víctor Ghiglione– en Radioxpilar, la FM 100.3, de lunes a viernes de 19 a 20 horas, con los pocos auspicios de quienes creen en mí, y el delivery de pizzas y empanadas. No voy a bajar los brazos. Sigo buscando trabajo, sé que DIOS está conmigo y no me va a abandonar.

Para poder soportar todo lo que estaba viviendo después de la muerte de mi hermana, para poder ponerle el cuerpo a esta batalla judicial que nos estaba aniquilando, me acerqué a un Grupo de oración. Un amigo me invitó a incorporarme hace ya un año y medio. Desde entonces, martes de por medio, nos juntamos con un grupo de amigos a hablar de DIOS y leer su palabra. Me ha hecho muy bien acercarme a Él y hoy vive en mí.

Me apoyé también en mi familia, a la que transformaron de honorable en mafiosa. Y quiero nombrarlos uno a uno porque sin ellos no sé si hubiese tenido las fuerzas para soportar tanto.

Mamá, que desde la muerte de María Marta no quiso seguir viviendo y se entregó. Nunca pudo entender, ni creer, lo que se decía de sus hijos y sus yernos; solo su fuerte corazón y nuestro amor incondicional le permitieron vivir hasta el 13 de junio de 2013.

Papá, quien gracias Dios sigue adelante con sus 93 años y espero que por varios años más. Él puso su sabiduría y amor para que todos en la familia nos sintiéramos acompañados.
Dino (Constantino Hurtig), mi padrastro, a quien increíble e injustamente se procesó por encubrimiento, también sufrió en su salud las consecuencias de tanto ensañamiento (varios by pass) y un cáncer del que gracias a Dios pudo salir adelante.
Carlos Carrascosa, que perdió al gran amor de su vida, se enteró de que no había sido un accidente sino un crimen, y tuvo que soportar que lo culparan del asesinato y lo condenaran a prisión perpetua. Estuvo casi ocho años preso, sin pruebas. Perdió todo. Hoy la justicia le dice "Usted es inocente". Vive como puede y sigue adelante con la esperanza de ahora poder saber quién o quiénes mataron a su adorada María, como él la llamaba.
Irene Hurtig, mi hermana. También perdió su trabajo, pero como una leona se sobrepuso y no dejó nunca de luchar por nuestra inocencia. Se recibió de abogada (ya era Licenciada en Ciencias Políticas), peleó al lado de su marido Guillermo en su enfermedad hasta el final, y hoy sigue peleando para sobrellevar el durísimo golpe de la muerte de "su gordo adorado".
John (Juan Hurtig), mi entrañable hermano y amigo. Luchó como el que más. Iba con la causa bajo el brazo a entrevistarse con cuanto periodista quería leerla. Solo consiguió que la leyeran Pablo Duggan y Tuni Kollman, a los demás no les interesaba saber la verdad del expediente. Hoy creo que encontró a la mujer de su vida y juntos se fueron a vivir a Córdoba. Es broker de seguros y mantiene su clientela desde allá.
Mi querido cuñado Guillermo Bártoli (+), marido de mi hermana Irene, perdió su trabajo en un importante banco, dio batalla por su inocencia mientras pudo, hasta que un cáncer se lo llevó. Cómo me hubiera gustado que estuviera con nosotros viendo el vuelco que ha dado la investigación. Dios lo tiene en su gloria.

Hoy gracias al amor incondicional que nos tenemos, a nuestros amigos de "fierro" que siempre estuvieron, a saber que tenemos la verdad y que somos absolutamente inocentes, podemos seguir adelante y esperar que de una buena vez se haga justicia.

Pasamos por juicios orales, condenas y prisiones, hasta que en diciembre del 2017 la Justicia absolvió a Carlos (Carrascosa) y se designaron dos nuevos fiscales: María Inés Domínguez y Andrés Quintana. Ambos leyeron la causa –42 cuerpos del expediente– y se convencieron de la línea sesgada que se había tomado en nuestra contra. Determinan que el camino correcto pasaba por el robo seguido de muerte y por la investigación al vecino del country Carmel, Nicolás Pachelo, y su entonces mujer Inés Dávalos. La causa del crimen de María Marta empieza a investigarse en serio.

Espero que los fiscales busquen a los responsables hasta el final. Y que, luego de un justo y debido proceso, la justicia pueda resolver el crimen de mi hermana. Que el o los asesinos cumplan con la condena que se merecen. Y que la verdad gane.

Se lo debemos a María Marta. SERÁ JUSTICIA.